La primera vez que tuve ese libro en las manos, esos Rostros del Reverso con esa portada que da miedo, (un rostro con un cierre atravesándole la cara) yo no sabía qué esperar, no sabía qué era aquello. Ya me había leído El oficio de perder y Los años de Orígenes. Y recuerdo, yo recuerdo que en alguna parte de El oficio decías que Judit era una de las zonas más tristes de tu vida. Entonces, la dedicatoria de los Rostros me dio como una clave de lectura. “A Judit, mi hija, en Cuba.” Fue el uso de las comas lo que más me traqueteó la cabeza. Era como si Judit nunca fuera a salir de allí. Es que en ese momento a mi se me iluminaron otros astros. Yo apreté el switch y vi cosas de cuando era niña. Recordé unos zapatitos que me gustaban mucho, unos zapatitos blancos que usaba para ir a la iglesia. Y me acordé de mi mamá, y detrás de la cara de mi mamá, pude ver cómo se asomaba la cara de reverso de mi papá. Y yo pensé que él era el hombre de la portada del libro. ¡Uy, pero qué taller! Ya mismo aparece Rédinger.
Resumiendo, en el principio fue una escalera, y fue, también, la palabra insulina, y mi historia con la hipoglucemia, y un libro cuyo título me tortura, y este Lorenzo, inventándose nietas que no son nietas, sino hijas de 5 años atrapadas en una dedicatoria de un libro con un rostro cerrado, hijas que ya casi no recuerdan cómo ser hijas, ni mucho menos saben cómo ser nietas, hijas que tienen 29 años y que estudian literatura en una universidad de Atlanta, hijas y más hijas que se pierden dando vueltas en una Playa Albina, buscando la casa de un escritor que era bag boy, hijas, nietas hijísticas buscando padres literatosos que no se hayan casado 5 veces, y que me lleven de paseo a Lanzarote.
Margarita Pintado

Lanzarote, a donde Lorenzo se quiere ir a vivir.
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