Ayer fue el Prólogo. Así que hoy es el día siguiente de este zuihitsu. El Prólogo a esa disparatada novela que se me acaba de ocurrir.
¿Una novela epistolar emaileresca, girando en torno a una tesis? ¿Estoy en disposición para intentar eso? Y, ¿por qué me acuerdo de "Pepita Jiménez", aquel novelón epistolar del tiempo de la Nana?, ¿es que quiero volver a eso?
¿Y esto, que ahora estoy escribiendo bajo la luz del día 22 de mayo, es el Capítulo 1 de la novela epistolar? ¿Me estoy riendo? Pero ¿por qué me tengo que reir?
Y, ¿por dónde comienza la tesis? ¿Por dónde, Margarita Pintado, comenzará la tesis?
Ayer, también por email, Carlos Eme me envió los dibujos de una visual de la Córdoba argentina. Es una serie titulada "Música para tormentas", y se llama, la joven visual, Rosana Fernández.
Después de la música para tormentas de Rosana, me coloqué frente a las hojitas del árbol que está frente a la ventana de mi cuarto, y esto fue lo que me dibujé:
-el hierro negro que intento azul y hacia abajo / esto, con cinco y diez y ocho de la tarde, muy parecida a una lejana conversación de la tele;
-pesitas de cristal, vueltas azules, recuerdo de las que usaba mi padre, el boticario;
-números que podrían sembrar, sobre la línea, a aquel huevo negro y grande que contenía al tren de la infancia -esto, también tres de la tarde-;
-el pájaro que es antena al salir del huevo, y esto con la desprevenida, recién risa, de un payaso demasiado anacrónico;
-pues los insectos pintados ahí, frente a mí, no son brújulas sino, ya, irreconocibles figuritas de papel;
-y es que simulo, dentro de mi frente, la existencia de una antena pequeña, también convertida en azul;
-o el mismo azul, pero en la manzana, entendiendo que no es nada la tarde que estoy viviendo;-
-por lo que un policía podría ser un redondel azul, y esto hasta el punto de hacernos preguntar por la presencia, aquí, de la palabra cleptómano.
Lorenzo García Vega


Música para tormentas, de Rosana Fernández
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