Vuelve 1934. La calle San Lázaro. El tío Pedro, empleado eterno, con su automovilito que iba, paso a paso, detrás del tranvía.
1934. Vuelvo a pensar en la película de los hermanos Marx.
Barberán y Collar, caídos del avión “Los Cuatro Vientos”. O es que tuvieron un accidente al aterrizar.
La postal en la puerta de la casa. Es la postal del repartidor de periódicos, felicitando por la Navidad (¡tan pronto!).
El recuerdo de Adolph Menjou y de Carol Lombard. 1934. Yo creiá, desde el balcón de la calle San Lázaro, que podría dominar el tráfico. Enfrente, en una azotea, estaban dos boxeadores. Yo les grité.
Los vecinos, los que recibieron la visita del hombre con el mono azul, ahora se quejan de lo que les pasó anoche (a las cinco de la mañana, alguien pretendió tumbarle la puerta de la casa).
Había un auto oscuro, en el año nuevo de 1935. La calle San Lázaro. El agua de un cubo, que alguien arrojó desde un tercer piso, le cayó en el techo al auto.
Todavía recuerdo el sonido del agua, cayendo sobre el techo.
Yo debo de haber quedado muy sorprendido.
El Tío Pedro, el empleado eterno, era meticuloso. Había que lavarse las manos antes de sentarse a la mesa.
Yo, a veces, creo que KH (el Maestro Koot Hoomi) está parado frente a la casa, en la esquina.
Ese aire especial de los domingos. ¿He perdido la conciencia de eso?
Quisiera volver a encontrarme con la colchoneta tirada en el solar yermo. Pero eso no existe ya.
Se me asoma el comienzo de una obsesión. Si aumentara, me despedazaría. Pero se disuelve.
Es Domingo, repito.
Tengo parciales. Si mi dentadura fuera completamente postiza, podría perderla.
En este momento, ya he dejado de pensar en el 1934.
Vuelve ese amarillo que me obsesiona. El amarillo que me sobrevino cuando me operaron del corazón, y que se mantuvo después, mientras estuve bajo terapia.
Las paredes amarillas, sobre todo. Convertí al lugar donde estuve, en un lugar amarillo (amarillo, me dije, fue lo que una vez pintó un loco. Quisiera volver a ver ese cuadro).
Una fonda en La Habana, en la calle Belascoaín. Nunca estuve, con mi padre, en ese lugar, pero hay un trecho del rizoma que simula una relación entre esa fonda, y el recuerdo de mi padre.
Me meto dentro de mi mismo, y ya no sé nada.
En el sueño estuve en un balneario. Un balneario conducido por damas dedicadas a la cultura.
¿Dónde estaba mi amigo Kozer?
Debido a la proximidad de la partida, sentía cierta ansiedad.
¿Es que Kozer ya se había ido?
Lorenzo García Vega
No comments:
Post a Comment